Boceto de una chica de invierno

Una chica de invierno. Los copos de nieve que caen, el calorcillo que sientes al ponerte el abrigo, el mundo que toma tonos blanquecinos, marrones, azules y grises, las bebidas calientes al atardecer o a la luz del fuego. Todos conocemos los sentimientos y sensaciones que despierta todo aquello. Pues esta chica era el invierno hecha carne.

Ella era una niña que tenía mucho de niño. Algunos se atreven a decir lo mismo de esas mujeres «modernas». Pero, irónicamente, quienes hacen esa asociación, por lo general no saben nada de cómo son en verdad los niños.

La chica que presentan, es una alborotadora o una necia-cabezota. Es ingenua, ligeramente superficial, normalmente llena de entusiasmo visible, totalmente desenvuelta y confiada en todo momento. En resumen: es todo lo que no es un niño.

Esta chica era algo tímida, obscuramente imaginativa, atraída a las amistades intelectuales, y al mismo tiempo, de cerebro impresionable, tendente a lo misterioso y, por extraño que parezca, incapaz de tener discreción. Tenía esa sensación general de no encajar bien que molesta a tantos adolescentes que todavía conservan un poco de inocencia en sus ojos. La sensación de que la belleza es demasiado elevada como para ser vista o alabada; y la tendencia a ocultar sus inexpertas emociones tras un curioso convencionalismo.

Sin embargo, no dejaba de ser una chica. No sólo la delataban sus rubios cabellos, su elegante y esbelta figura o su voz sedosamente segura. La delataba esa facilidad que tienen las mujeres en general de decir una cosa, pensar otra y sentir la contraria. Su sonrisa era un bien precioso que, magnánimamente regalaba a todo ser humano que la saludaba. Su rostro siempre era para los demás. Ello parecía no importarle. Más bien, lo consideraba un deber.

Como esos cócteles extraños pero deliciosos, esta mezcla de atributos le daban un aire de misterio, elegancia y exquisitez. No me malinterprete el lector. Ella no era una víbora falsa o una femme fatale. Ella era sincera y educada, capaz de expresar sentimientos de compasión y de ternura cuando más se necesitaba, pero a la vez podía reírse y hablar desenfadada en un ambiente profundamente desagradable para ella. Otras veces era tan educada que parecía tímida, o tímida hasta parecer educada.

Una chica de gran corazón. Y como la mayoría de las personas de gran corazón, ella lo escondía profundamente. Evidentemente si alguien hubiera llegado a decirle esto, ella lo habría negado absolutamente, como cualquier persona de gran corazón. La tragedia de los corazones grandes inicia cuando descubren que no todas las personas tienen un corazón como el suyo. Ese punto de inflexión, en la mayoría de los adolescentes casos, ocasiona la retirada del gran corazón, ocasiona que éste se refugie en una caja fuerte. No se hace por malicia, sino por instinto de supervivencia.

Alguien con gran corazón es capaz de amar mucho. Es capaz de darlo todo. Es capaz de hablar ese extraño lenguaje tan lógico y tan sensato, que a la vista del vulgo de corazones mediocres parece estúpida locura. Por lo tanto, alguien con un corazón grande experimenta un sufrimiento especial. Un sufrimiento mucho más profundo. Un sufrimiento silencioso y agudo. Por esa razón ese corazón grande se refugia en lo más profundo de la fortaleza interior del alma. Es por eso que todo intento por tocar el corazón del corazón grande, suele ser un intento fallido. Porque alguien con corazón grande no va a dejar que nada ni nadie le cause dolor. No es maldad, es instinto, es supervivencia.

Pues este corazón grande estaba bien escondido y bien protegido. El corazón de esta chica todavía estaba a la espera, aun sin ella saberlo, de algo que le devolviera la audacia de arriesgarse a ser herida. Sí, a ser herida. Pero también, a ser dichosa. Ella nunca hubiera aceptado públicamente que tenía miedo. No por hipocresía, sino porque todavía no era consciente de ello. Todavía le faltaba comprender que el miedo no es malo ni denigrante. El miedo sólo es el pistoletazo de salida en la carrera del crecimiento. Pero si no dejamos el miedo atrás, se convertirá en fuertes cadenas que impidan seguir nuestro camino. El miedo es la ceguera del corazón.

Por lo demás, sólo queda decir algo fundamental: despistada. Su «despistadez» era curiosa. Para unos llegaría a ser imbecilidad, para otros mera irresponsabilidad fingida. La verdad era que su mente inquieta le jugaba malas pasadas, entreteniéndose en asuntos cuya primacía no era tal. No quiero decir que fuera alguien imposible con quien trabajar, ni que fuese una desentendida de la vida. Simplemente que era despistada.

Pero esto es solo un boceto. Un boceto es lo mejor que puedes hacer del invierno para que sea amable y acogedor. El invierno pasa. El invierno es la pausa antes del cambio. El invierno no puede quedarse para siempre. Por ello, nuestra chica de invierno se fue. Quizá algún día descubra que puede convertirse en primavera, pero eso no lo sabré. Me gustó la chica de invierno, y así la recordaré.

(Texto altamente inspirado en un pasaje del libro «El club de los negocios raros» de G. K. Chesterton)

2 comentarios en “Boceto de una chica de invierno

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