Lo tenemos todo

Donald Francis Draper

42 Bullet Park Road,

Ossining in Westchester County,

NY 10562, EE. UU.

 

       Estimado Sr. Draper:

Con grato placer me dirijo a usted en esta primera carta con motivo del décimo aniversario del estreno de su serie Mad Men. A pesar de que la serie ya ha terminado, después de siete temporadas, le escribo en tiempos de la primera temporada, cuando estaba casado con Betty y vivía en casa con sus dos hijos.

Como dije anteriormente, se trata de la primera de varias cartas que pienso escribirle. El motivo que me empuja es noble en su origen y confío en que se mantenga noble en su desarrollo.

Me pareció curioso un sentimiento que resulta evidente desde el principio. Digo evidente porque salta a la vista y es inevitable no percatarse de ello. Como esos anuncios que crea usted, con chicas guapas y productos sofisticados: simplemente uno los mira porque están hechos para ser vistos. Este sentimiento es más bien un conjunto de sentimientos peculiares y contradictorios, como uno de esos ramos de flores modernos y extravagantes, que uno mira porque están hechos para ser vistos.

Usted vive en pleno apogeo del american way of life. Los años 60 fueron el esplendor de una sociedad que lo tenía todo. Todo estadounidense estaba llamado a alcanzar ese estado mezquino y apático de una dicha vacía. De hecho, las esperanzas vitales se reducían a conseguir un trabajo estable que te diera de comer, casarte y tener hijos. Desgraciado infeliz apátrida, sin importar la clase social, era aquel que no alcanzaba esos mínimos. Esa “dicha” era más grande cuanto más grandes eran las apariencias. El estadounidense exitoso era aquél que tenía un trabajo de prestigio, un matrimonio beneficioso y podía permitirse grandes lujos innecesarios. Lo tenía todo.

Precisamente ese ramo moderno de sentimientos es fruto de la lucha que esa enfermiza felicidad ocasiona. En esta lucha no sólo se ponen en juego los esfuerzos y mutilaciones psicológicos por alcanzarla, sino la tremenda contradicción al constatar que, aun habiéndola alcanzado, no se es feliz. “Lo tenemos todo” es una frase que se repite a menudo en los primeros capítulos. Incluso usted mismo se lo recuerda a la pobre Betty: “Si vas al psiquiatra es porque no eres feliz. Pero tú lo tienes todo: esta casa, el coche, los niños…, ¿Cómo alguien con todo lo que tienes no puede ser feliz?” Sr. Draper, lamento informarle que su esposa no es feliz. Así como sus vecinos no son felices. De la misma manera que el Sr. Sterling no es feliz. Y, disculpe mi atrevimiento, pero usted tampoco es feliz.

Lo sé, lo sé. Betty lo tiene todo. Sus vecinos lo tienen todo. El Sr. Sterling lo tiene todo. Usted lo tiene todo. Sí, lo tienen todo, pero no tienen a nadie. He aquí la causa de esos sentimientos. La respuesta del espíritu humano al constatar que, aunque lo tiene todo, es en realidad un espíritu que se encuentra solo y abandonado a su suerte en este mar frío y tempestuoso. Piénselo por un momento y se dará cuenta de que no tiene a nadie. No confía en nadie plenamente ni ama a nadie sin reservas.

Me dirá “No sea imbécil, tengo a mi mujer, a mis hijos, a mis amantes, incluso a Roger y a Peggy”. No, Sr. Draper. Otra vez se lo confirmo. Usted lo tiene todo, pero no tiene a nadie. Por eso es profundamente infeliz. Todas las personas que giran en torno a usted son simples marionetas y calmantes de dolor. ¿Se siente mal padre? Les compra un regalo costoso a sus hijos. ¿Se siente mal esposo? Lleva a Betty a un sitio lujosos y caro a cenar, le regala un collar de oro, se comporta como el más amable de los galanes y tiene sexo con ella. ¿Se siente solo o fracasado? Va donde la amante de turno para recibir consuelo (en todos los aspectos).

Sr. Draper, verá, una de las más importantes nociones que el bebé adquiere es la capacidad para diferenciar el yo del . Esto implica comprender que yo soy alguien distinto del otro, que no es yo. Desde ese momento se ponen en contraposición esos dos términos, a la vez que se vuelven constitutivos, es decir que, si no existiese un , no puede existir un yo, y viceversa.

Gracias a este concepto, se desarrolla el egoísmo  por instinto antes que la generosidad, pues se percibe al otro como una amenaza. Sin embargo, el objetivo es aprender a salir del propio pensamiento y lograr pensar en los demás como seres semejantes a uno mismo, que comparten necesidades y formas de vida.

Es evidente que para muchos el concepto de yo-tú no evoluciona y se queda en una forma muy primitiva. La relación yo-tú se entiende como un negocio, un intercambio de bienes. Yo te doy esperando que tú me des. Esto es trasladable a todos los tipos de relación, y salta a la vista en actos tan triviales como profundos, como es aquel de buscar ser amado a cambio de algo (comprar el amor con dinero, regalos, favores,…).

Quizás en este caso es donde se deja ver la ridiculez de esa relación yo-tú mercantilista. ¿Cómo es que usted intenta comprar el cariño de Betty, que es su esposa y a quien ha defraudado varias veces, con un simple regalo? Es absurdo querer comprar algo tan personal e íntimo como es el cariño, el afecto, el amor, con algo tan vulgar como un regalo que se compra, se gasta, se usa y se tira. Aquí salta a la vista un hecho impresionante. ¿Cómo debemos ansiar el amor y el cariño como para pretender comprarlo? ¿Cuánta debe ser la sed de nuestro ser, como para poder ser tan ridículo?

Sr. Draper, no le escribo esto para enemistarme con usted ni mucho menos. Entiendo que sea difícil para usted escuchar estas cosas, pero lo es para muchos otros hombres y mujeres, tanto de su época como del mía. No le juzgo, todos somos hijos de nuestro tiempo y de nuestras familias. Usted ha tenido mala suerte, pues no ha vivido en una familia ni en un tiempo especialmente felices.

Lo tiene todo. Bueno, confío en que después de leer estas líneas se vea capaz de decir con serenidad: “Lo tengo casi todo”. El primer paso es aceptarlo. No se preocupe por avanzar rápido, pasito a pasito. O como dicen ustedes baby steps (pasos de bebé).

Espero que todo marche fenomenal en la agencia. Saludos a Betty y a los niños. Saludos también a Peggy, y siga creyendo en ella, que va a llegar lejos.

Muchas gracias por su tiempo, con grato aprecio y esperando su mayor comprensión, muy atentamente:

J. Rolf      

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