Doblando la esquina

Le hubiera gustado decirlo. Han pasado tantos años… y su corazón sigue encogiéndose cada vez que dobla esa esquina. Le hubiera gustado decirlo. Hace tantos años que pasó… veinte, según lograba recordar. Le hubiera gustado decirlo.

No lo hizo. Se lo calló y lo enterró en el jardín trasero, creyendo que el dolor iba a desaparecer. Era algo que no acababa de comprender. Ella había sido entrenada para resistir el dolor físico, moral y emocional. Gracias a ese entrenamiento, era capaz de continuar mirándole a los ojos, era capaz de hablarle como si no pasase nada, era capaz de actuar normal cuando él estaba presente. Ese entrenamiento sólo le servía para sobrevivir, pero no le servía para dejar de sentir. A veces le encantaría dejar de sentir. El frío acero del dolor atravesó su corazón. Sufrió mucho por esto, pero al final pudo sobrevivir.

Cada vez que doblaba esa esquina, su corazón se encogía. Pero esta vez, se quedó de pie, mirándola. Pareciera que el tiempo no hubiese pasado. La misma farola seguía dejando caer ese tenue velo de luz. Hacía frío y las diminutas gotas de lluvia resbalaban sobre su rostro. Igual que ese día. Hace veinte años.

Ella acababa de llegar de un viaje con sus amigas. Durante todo el fin de semana él se había paseado continuamente por su cabeza. Había contemplado un precioso atardecer que le recordó cuánto le gustaban los atardeceres a él, que le recordó su presencia: la paz, la alegría y la seguridad que ella desprendía.

Lo que más echaba en falta era contemplar sus ojos color caoba, por lo menos unos segundos. Esa era una de las ilusiones de todos los días. Por lo menos unos segundos perderse en su mirada; por lo menos unos segundos estar junto a él.

No sabía que esa noche le iba a ver. No sabía que doblando esa esquina iba a contemplar su rostro. No sabía que doblando esa esquina iba a respirar su colonia. No sabía que doblando esa esquina iba a escuchar su voz. Toda esa ilusión que desbordaba su corazón, al doblar esa esquina ¿Se iba a hacer realidad? No. En verdad no. Doblando esa esquina se hizo pedazos. Doblando esa esquina su alma empezó a ahogarse. Doblando esa esquina su miserable corazón comenzó a desangrarse desconsolado. Doblando esa esquina él apenas la vio, apenas le habló.

La gran guerrera sucumbió miserable, igual que un pobre cervatillo sucumbe al tiro certero del cazador. Antes era una mujer, ahora era un gusano. ¡Le dolió tanto cuando percibió que el saludarla era un mero trámite de cortesía! Hablar con ella no era para él una necesidad. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por mantener la compostura. Un esfuerzo que no fue suficiente pues los largos silencios le dieron pistas de que algo andaba mal.

Estaba ahí. Riendo con sus amigos y… con otra chica. Su espíritu sintió que se desplomaba como un boxeador noqueado cae inconsciente en la arena. Todo se había ido al garete. No aguantaba un segundo más. Huyó veloz a la jungla citadina.

Era de noche, estaba oscuro y hacía frío. Fuera de su corazón la situación era la misma: oscura y fría. A excepción de que en el cielo brillaban las estrellas, en las calles las farolas, y su piel se mantenía caliente por el abrigo y la bufanda. Pero dentro de ella, la obscuridad era total, el frío era agudo.

No temió nada, no pensó en lo que pudiera haber o en quién pudiera estar por ahí. Le daba igual. No sabía si le importaba vivir o no. Todo se derrumbaba. Cada piedra, cada ladrillo. Al principio logró contener las lágrimas. No sentía el frío. Sentía un dolor muy grande en el pecho y escalofríos por todo el cuerpo. El torrente de lágrimas se desbordó por fin. Parecía una niña pequeña que llora por no encontrar a su mamá. En el suelo, en el frío, en la noche, en la soledad, al borde del camino. Pero la pregunta final era la más importante ¿Qué debía hacer ahora?

Pensaba que la causa era una sola: él no la quería como ella a él. Eso estaba claro. Por lo tanto, la solución era sólo una. ¿Que qué quería decir con que “no debía hacer nada”? Pues que había aprendido la lección. Estaban en frecuencias distintas. Lo que sentía ella era bien distinto a lo que podía llegar a sentir él. Por lo tanto, ella le eximió de toda culpa.

Ella lo consideró inocente. Los crímenes cometidos, en realidad, habían sido meros accidentes. Ella creía que él actuaba con normalidad, sin malicia y sin ganas de hacerle daño. El culpable allí era ella.

Esperaba que la noche hiciera desaparecer ese dolor. Mañana tenía que aparecer como nueva. Mañana tenía que volver a sonreír. Mañana tenía que vivir. Esperaba que esa agonía acabase esa noche. No sabía si podría volver a verlo igual. No podría. Lo vería detrás del velo de lo inalcanzable, detrás del velo del sufrimiento. No sabía si algún día sería capaz de verlo como antes. No sabía si algún día podría verlo y que no le ardiese el corazón. Lo que sí sabía es que el haber doblado esa esquina lo había cambiado todo.

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