Sueño de una ventisca de invierno

El invierno era cada vez más crudo. Detrás del cristal Fernando veía cómo arreciaba la ventisca. Una buena ventisca de invierno. Dio un sorbo a la taza caliente y se sentó dispuesto a escribir en su diario. Le encantaba ese cuaderno, fue el último regalo de Navidad de su abuela. De hecho, la Navidad pasada también había habido ventisca. Siempre que lo abría, tenía la misma sensación. Encontrarse con una página en blanco era como estar delante del mar abierto, delante de un millón de oportunidades. Con una sonrisa en el alma comenzó a escribir:

“La crisis por la que ahora estoy atravesando se parece a esta ventisca de invierno: confusa, fría e inquietante. Se remonta a… bueno, la verdad es que no sabría decir a cuándo se remonta, pero sí puedo identificar la gota que derramó el vaso. Fue un sueño que tuve de la noche del jueves a la del viernes de la semana pasada. No suelo soñar, y cuando lo hago no suelo recordar los sueños. Los pocos sueños que recuerdo o son alucinantemente memorables o son pesadillas. Este sería… mezcla ambos.

Soñé algo absurdo y preocupante a la vez, pero… eso fue lo que soñé. De repente me encontraba en un edificio de oficinas. Bajaba las escaleras preocupadísimo porque tenía sacar algún tipo de permiso o algo oficial. Eso me pareció raro, porque no tenía sentido, pero sentía que debía hacerlo pronto, porque algo iba a pasar. Tenía la sensación de que era urgente que lo hiciera antes de algún evento importante. No tenía ni idea de qué se trataba, pero tenía que arreglar esos papeles, y para colmo no encontraba la oficina correcta.

Para más confusión, me di cuenta de que iba de traje. Un traje negro opaco, barato; la corbata…, nada memorable. Tenía unos papeles en la mano que blandía despavorido, hasta que por fin se los entregué a alguien. Luego, salí pitando porque llegaba tarde. ¿A qué? No lo sabía, pero tenía que llegar a la planta baja cuanto antes.

En un parpadeo me encuentro fuera de un sitio peculiar. Se podría decir que era un híbrido entre iglesia y sala de conferencias. Había mucha gente dentro y fuera. Tenía la sensación de que conocía a muchos de los que estaban ahí, pero no recuerdo a nadie. Varias personas venían a hablarme y me daban la enhorabuena. Súbitamente fui consciente de lo que pasaba: era mi boda. (¡Me iba a casar en unos minutos! ¿Pero, cómo era posible? ¿Con quién me iba a casar? ¿Dónde estaba? ¿Quién había dicho que la boda iba a ser en un sitio como ese? ¿Y cómo coño había terminado vestido con un pantalón rojo y una camisa blanca?) Se supone que mi ilusión era (si algún día pasaba) casarme vestido con un esmoquin de terciopelo anaranjado. Y a la crisis de la ropa se sumó a la crisis de la puntualidad. Resulta que no llegaban los padres de la novia. (¡Qué desastre de boda!).

Pero ahí no terminaba la conmoción. La procesión empezó y mi madre me llevó al “altar”. Ahí esperé a que llegara la misteriosa chica con la que me iba a casar. (¿Quién sería? ¿Cómo es que había llegado a ese punto? ¿Sería guapa o sería un monstruo? ¡Qué estrés!) Cuando llegó a mi lado giré la cabeza, pero llevaba un velo blanco y no pude distinguirle el rostro. Sin embargo, tuve la corazonada de que la conocía. (¿Cómo era posible que la novia llevara un hermoso vestido y que yo fuera con esas pintas? ¡Por dios!).

El rito comenzó y el cura decía palabras incomprensibles para mí. En esos instantes sólo tenía miedo y me sentía avergonzado por la situación. Ya que me iba a casar, al menos esperaba que saliera bien, pero todo estaba siendo una desilusión (Me iba a casar. ¡Qué locura! Pero, si no estaba listo para eso. ¿Qué estaba pasando?). Tenía la ilusión de que fuera ella (Pero, si era ella ¿Cómo era posible que de verdad estuviéramos casándonos? ¿Qué narices había pasado por su cabeza? ¿Cómo le lavé el cerebro?). No tenía ni idea de nada. Estaba súper confundido y súper molesto conmigo mismo. La boda estaba resultado un verdadero fracaso.

Llega el momento de los votos. Y el cura pide los anillos al padrino. De repente se levanta mi abuelo y dice que cree que él los tiene (¿¿¡¡Mi abuelo??!! WTF!?). Se acerca al “altar” aparatosamente y vacía TODO lo que llevaba en sus bolsillos. Ese fue el momento en el que sentí más vergüenza. En ese momento me sentí el hombre más desgraciado del mundo. (Todo estaba saliendo mal el día de mi boda. ¡¡Hasta era posible que no hubiera anillos!! Era el fin).

Sin embargo, un segundo después todo cambió de color. En ese momento en el que casi me lanzo por la ventana, en el que estaba a punto de hacerme el harakiri, en el que prefería estar haciendo el examen de bioquímica, en medio de esa ventisca horrorosa…, la novia me toma de la mano; entrelaza suavemente sus dedos entre los míos (unos dedos delgados y largos); gira su rostro hacia mí; me sonríe dulcemente y dice:

¡Qué emoción! Es la hora. Todo va a salir bien.

Hasta me tiemblan las manos ahora que estoy recordando ese momento. Cuando esas palabras rozaron suavemente mis oídos, también acariciaron mi corazón. Supe con certeza dos cosas: que era ella, y que yo era el hombre más feliz del universo.

Sí, lo sé, parece sacado del guion de la peli cursi más mala de la historia. Pero fue así. En ese instante sentí una paz, un gozo, una alegría, una dicha, que hace muchísimo tiempo que no la sentía. Lo digo enserio, me sentía el ser más feliz del planeta. Todo iba a salir bien. No importaba que la boda fuera un desastre. Después nos reiríamos de ello. No importaba el miedo por nuestro futuro. Todo iba a salir bien.

Va a parecer contradictorio, pero a pesar de sentirme tan pleno, seguía teniendo miedo. Tenía un poco de miedo a lo que vendría después, a la vez que tenía la seguridad que fuera lo que fuera, con ella lo llevaría mejor.

Es verdad que, bueno, sólo fue un sueño. El problema no es el sueño en sí, sino lo que comenzó a pasar en mí cuando me desperté. Cientos de interrogantes y de posibles respuestas irrumpieron en cruel estampida sobre mi mente y corazón, intranquilizando todo como esta ventisca de invierno.

¿Por qué soñé eso en estos momentos? ¿Por qué de esa forma? ¿Por qué sentí ese gozo, después de no haberlo sentido desde hace muchísimo tiempo? ¿Significará algo de verdad? ¿Me estaré volviendo más loco? ¿Acaso soy idiota? ¿Ella estaría pensando en mí? ¿Por qué me aterroriza tanto la idea de casarme de verdad? ¿Algún día pasaría de verdad?

La respuesta que creo tener es que no estoy preparado. No estoy preparado ni siquiera para un noviazgo en condiciones. Y si algún día llego a estar preparado, no será ella con quien estrene esa condición. Es algo que va más allá de mis posibilidades actuales.”

Fernando soltó la estilográfica. Contempló durante unos segundos la ventisca a través del cristal. Extrañamente no se sentía triste o solitario. Extrañamente sentía que ahora se había quitado un peso de encima al reconocer algo que llevaba tiempo ignorando.

Volvió a dar un sorbo a su café. Se frotó las manos y cerró el cuaderno. Le encantaba ese cuaderno, fue el último regalo de Navidad de su abuela. De hecho, la Navidad pasada también había habido ventisca. Siempre que lo cerraba, tenía la misma sensación. Encontrarse con el tesoro de sus pensamientos y recuerdos le recordaba que al final, todo iba a salir bien, a pesar de la ventisca. Se armó con su abrigo, guantes y bufanda. Con una sonrisa en el alma salió a enfrentar la ventisca de invierno.

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