Una fuerza irresistible y un viejo objeto inamovible

Ella apareció. Como tormenta que llega silenciosa. Como bruma espesa que se desliza grácil, acariciando las pendientes e inundando el valle. Como nevada gentil que tapiza con toneladas de suave nieve caminos y colinas. No fue algo estrepitoso. Simplemente nos vimos. Cruzamos nuestras miradas e inconscientemente sabíamos que habíamos encontrado un tesoro. En ese momento no lo sabíamos con claridad. En ese momento no supimos lo que nos deparaba esa mirada.

En las primeras interacciones lo supe: ella era única. Llena de confianza en sí misma. Desenvuelta. Sonriente. Capaz de aceptar cumplidos. Alma de artista. Inteligencia curiosa. Hambre de éxito personal. Con una moral un tanto despreocupada. En seguida lo supe. Ella era única. Ella era ese tipo de mujer fatal que solo aparece en las películas y en las novelas. Era una de eses mujeres de alma libre, una flor silvestre que no puede ser cortada. Me fascinó.

Pasaron los días. Cada vez que la veía, algo despertaba en mí, pero en seguida recordaba que no había ni tiempo ni lugar para tejer algo con ella. A demás, era probable que ya tuviera a alguien.

Misteriosos son los caminos del destino. Todo está tejido de tal manera que independientemente de lo que hagamos, lo que tenga que pasar, pasará. Nos queda a nosotros indagar dónde encajan esos acontecimientos en el puzle de nuestra vida.

Solo bastaron tres horas juntos. Solo bastó un poco de tiempo para descubrir que estábamos asombrados por lo que habíamos encontrado sin haberlo pretendido.

Ella era todo lo que yo había intuido: hermosa, confiada, segura, inteligente, creativa, trabajadora, elegante, atrevida, con un toque de maldad. Pero, sobre todo, y es lo que más me atraía de ella, era astuta. Esa astucia que separa a las personas comunes y corrientes de aquellas que, aunque no lo parezcan, consiguen lo que quieren mediante medios efectivos pero discretos.

Todo era perfecto. Excepto una cosa. Una cosa que era entendible si se entendía su historia y su personalidad. Una cosa que confirmó esa famosa frase: Nada es perfecto. Estaba en una relación abierta.

Eso ponía más interesante la trama de nuestro pequeño drama. La decisión era mía, entonces. ¿Estaba dentro o fuera? Honestamente, si hubiera sido cualquier otra chica, me habría dado igual decir sí o decir no. Si hubiera sido una chica cualquiera, no me hubiera molestado entrar, pues me daría un poco igual. Ella se hubiera convertido en una pelota con la que me entretendría cuando estuviera aburrido para después dejarla para otra ocasión. Si hubiera sido otra chica no habría dicho que sí, pues en este tema no me gusta compartir. Amo el protagonismo y ser dueño de la situación. Pero… era ella…

Lo pensé y repensé. Dos, cuatro, veinte, ochocientas… Finalmente, mi respuesta fue: Sí. Estoy dentro. ¿Por qué? No iba a desperdiciar la oportunidad de disfrutar, aunque solo fuera por unos días, a una persona así.

Entiendo que el lector me juzgue como un idiota. Entiendo que me tilde de imbécil que ha caído en las redes de la típica femme fatale. Lo entiendo. Quizás tenga razón. Pero no me importa. Sabía que estaba corriendo hacia el fuego y que me iba a abrasar. Sabía que estaba saltando a un precipicio y que me iba a destrozar. Pero me daba igual. Yo quería vivirla. No me hubiera perdonado si la hubiese dejado ir. Lo habría lamentado toda mi vida.

Pasaron los días. Días asombrosos, llenos de conversaciones interesantes, cafés y tés reconfortantes, paseos a la luz de la luna, y exóticos cócteles nocturnos. Todo iba de maravilla. De vez en cuando me dolía recordar que todo era momentáneo. Que ella era de otro. Que ella quería a otro. Lo nuestro solo era un romance de otoño. Mentiría si dijese que no me entristecía ligeramente. Mentiría si contase que nunca pensaba en ello. Pero mi respuesta siempre era la misa: “Lo sé, me la voy a pegar. Me va a doler. Pero eso se lo dejaré a mi yo del futuro. Ahora yo quiero estar con ella y ella quiere estar conmigo. Disfrutemos.”

Y fuimos dichosos. Sí, lo fuimos. Fuimos capaces de encontrar aquellas piezas que faltaban a nuestro ser en el otro. Cuando nuestros labios se tocaban y nuestros cuerpos se estrechaban, encontrábamos paz y violencia, ternura y pasión, confianza e incertidumbre, confusión y certeza. No sabía si ella era consciente de todo esto tal y como yo lo era. No sabía si ella también moría un poco cada vez que recordaba que lo nuestro tenía fecha de caducidad. No sabía si ella vibraba como yo cuando pasábamos largos ratos mirándonos a los ojos. No lo sabía y no lo sé. La verdad, no es tan importante.

Es verdad que ha habido una evolución en ambos. Al principio nos contentábamos con vernos en persona, hablar y besarnos. Después, los mensajes se fueron volviendo más significativos, más frecuentes. Las conversaciones más íntimas, y los besos más apasionados.

Finalmente, el momento llegó. Yo ya sabía que eventualmente nos íbamos a encontrar con ese obstáculo, pero intenté retrasarlo lo más posible. El choque fue inevitable. No hablo del choque de personalidades, que también fue inevitable, por cierto. Ella como mujer alfa y yo como un hombre orgulloso, caprichoso y lleno de idealismo. Ya lo cantaba Frank Sinatra: “Cuando una fuerza irresistible, como tú, se encuentra con un viejo objeto inamovible, como yo, puedes apostar que algo pasará… Cuando una sonrisa arrolladora  como la tuya, calienta un viejo corazón implacable como el mío, no digas no, pues yo insisto, en algún lugar, de alguna manera, alguien va a recibir un beso.” Pues sí. Algo pasó. La pregunta era: ¿cuánto duraría?

Por fin, el choque de centros vitales se produjo. Encontramos que nuestras razones de ser y de existir era distintas, y nuestras ideologías incluso ligeramente opuestas. Como el lector bien supondrá, este acontecimiento me dolió. También el lector se extrañará de mis palabras, pues dirá: “Pero lo sabías. Sabías que no iba a durar mucho. Tú te lo buscaste”. Es verdad. Pero el hecho de haberlo sabido y habérmelo buscado, no aligera las consecuencias. Como quien se sube a una montaña rusa sabe que va a ser zarandeado de manera intempestiva, y aún así sufre las emociones y síntomas de tal zarandeo, como si no lo hubiera sabido.

Pues bien. Ahora quedaba otra decisión por hacer. ¿Continúo o paro aquí? La verdad no sé la respuesta de ella. Supongo que ella querrá… la verdad no lo sé. Sé lo que quiero que diga, pero eso es otra historia. Evidentemente aceptaré su elección. Si ella dice: “Hasta luego”. Lloraré un rato, supongo. Pero, si ella dice: “¿Y qué? Seguimos”. ¿Entonces qué?

Lo sé. Es verdad que lo nuestro es extraño, inestable y fantasioso. Lo sé. Sé que estoy caminado en el bosque oscuro donde encontraré la muerte. No me importa. Que se burlen. Yo quiero quererla aquí y ahora. No sabemos el futuro. Todo es efímero en este mundo. Si ella está dentro y me quiere, entonces yo también estaré dentro y la querré.

El lector estará meneando la cabeza y pensando algún adjetivo lo suficientemente realista y denigrante. No lo culpo. Quizá tenga razón. Quizá no. No sabemos lo que pasará mañana. Quizá mañana encuentre al amor de mi vida y tenga que dejarla. Quizá no. Quizá ella sea quien me deje a mí. Quizá no. Todo es posible. No importa.

La única pregunta que permanece: ¿Cuánto durará?

Ya veremos.

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