Escena antes del tren

MARÍA

Entonces, chico duro. ¿Tú crees en el verdadero amor?

Me miró con sus grandes ojos negros, llenos de esa inocencia que tanto le caracteriza y que tanto me fascina. Por lo general hubiera respondido a esa pregunta con una sencilla evasiva o formulando otra pregunta. Pero ella no era como el resto de personas. En ella, no percibía sarcasmo ni rastro de ordinariez superficial. No, ella lo preguntaba en serio, porque le importaba de verdad.

Solamente pude sostenerle la mirada durante unos pocos segundos. Giré la cabeza hacia el frente, intentando, inútilmente, parecer tranquilo. Después de unos breves momentos respondí con ese tono decidido, revestido de melancolía que uso cuando hablo de mi interior y no quiero parecer más cursi de lo que soy.

YO

Yo… Sí, la verdad es que sí creo que se puede querer a alguien con todo el corazón, para toda la vida…

MARÍA

¿Peeroo….?

(A esta no se le escapa una….)

YO

Pero… – largo suspiro – no sé cómo reconocerlo.

Ella se giró completamente hacia mi. Pude ver de reojo que su mirada me estudiaba detenida pero delicadamente.

Pausa silenciosa, medianamente larga.

MARÍA

¡Vaya! Pues sí que la querías de verdad…

Con cualquier persona normal habría empezado a discutir sobre el significado de esa frase; sobre cómo había sabido que había (bueno, hubo) una «ella»; sobre el significado que eso implicaba…. Pero ¿Para qué? Ella ya se imaginaba toda la historia. En tan poco tiempo, María había llegado a lugares de mi interior a los que yo había tardado años en llegar.

Sí, era verdad lo que ella decía… y lo que no decía.

La quise de verdad, y eso ha dejado huella. La quise con todo mi corazón. Se lo di todo. Pero se acabó.

Esa era la única explicación detrás del paradógico fenómeno presente: un romántico perdido afirma que no sabe cómo reconocer ese amor que tanto anhela.

Diagnóstico: un corazón roto no, un corazón destrozado.

A pesar de todo, no me sentí con las fuerzas ni el ánimo para hablar de ello. Simplemente le devolví la mirada. De alguna extraña manera cuando me sumergí en sus ojos oscuros, encontré temor y seguridad, intranquilidad y paz, desánimo y confianza.

En seguida supe que, inexplicablemente, parecía que ya se lo había contado todo, y que ella, a su vez, me lo había dicho todo a mí.

Quizás ella esperaba que dijera algo más, pero por suerte, nuestro tren había entrado a la estación y estaba parando en el andén.

YO

Bueno, será mejor que entremos pronto para pillar sitio.

Me levanté.

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